jueves, 28 de enero de 2016

Mi dire tiene una amante


Mi dire tiene una amante. No encuentro otra explicación y echo en falta una dosis de esos primeros auxilios filosóficos. Siempre me cautivó el mensaje profético de los azucarillos, será por eso que trabajo en un circo, cerca de adivinos y quiromantes, trapecios y malabares. Pero el romance de mi director no es cosa del  destino, se lo ha buscado él, tiene una amante, y no es un secreto que la ama desde siempre.

Lo leí en alguna parte, no en un sobre de azúcar, quizás más bien un recetario, o en una sala de espera, antes de enloquecer y venir a domar fieras a este circo. Que era necesaria una pasión, a partir de cierta edad, para mantener alejada la enfermedad o la inercia.

La vida en esta etapa no es un juego. Mi dire lo sabe, por eso buscó a su amante. No se trata de comerse el mundo, ni apenas de hincarle el diente, más bien si acaso,  darle algún lengüetazo furtivo, de  helado en cucurucho, como quien saborea el de otro niño que le ofreciera solo a probar.

¿Qué digo helado? La vida en este circo es más bien de zarpa y garra. Hay que evitar sus dentelladas, como los besos de un amor desmedido que muerde el labio y lo hace sangrar a cada descuido, en la tortura absurda de buscar el límite que tienen los genios, y los rebeldes.   Ahí es donde vuelvo a las fieras que deben domarse, y a mi dire, y a su amante...  Su amante le salva, aquí es fácil perder el equilibrio  y ser devorado; trabajo en un circo. ¿Quién no?

Y hay pocos números nuevos, y los mensajes de los azucarillos parecen a veces los mismos, filosofías de payasos tristes y público exigente. Nada por demostrar. Todos aquí ensayamos tanto que las manos están curtidas y se guardaron los látigos. Un circo es cuerda y sacrificio, pero las jaulas quedan tras las lonas y los trucos se ocultan para que haya espectáculo. Magia.

Sin embargo yo, quería hablar de cosas reales, quería hablar de mi dire. Que en vez de envejecer, renace. Son, sin duda, esas crines de yegua con que afina su guitarra y anuda las notas que ama más que a sí mismo. Te lo cruzas y escuchas como susurra redobles de tambor y  platillos. ¿Cómo convierte estas viejas lonas en su gran caja de música? Tiene una amante y ni siquiera lo oculta.  Ya atravesó esa línea del iris que se vuelve muesca en los ojos de los sabios. Sin embargo, es cada vez más joven. Sonríe mientras da los buenos días, como si no hubiese trasnochado, noches y noches robándole crines al alba, con la voz herida y las manos rotas de tanto amar su guitarra de yegua y pespuntes. Es así como obtiene energía.

La ama con vehemencia y no se ocupa de amargarnos como debiese hacer cualquier dire responsablemente eficaz en su cruzada contra todo. Mi dire tiene una amante y es cada vez más creativo, acecha el circo con su red de mariposas, y nos invita a cazar toda la vida que podamos atrapar mientras nos danzan las musas de la piel en el cuerpo.
 
Tiene una amante y es un gran director de circo. Cada día da cuerda a los ánimos y todo comienza distinto. Unos acordes bastan y entrega su mejor parte. Sabe ya que el mundo va a rodar de cualquier modo. Y no quiere estar tan ocupado estando ocupado que no se dé cuenta de lo ocupado que estuvo.  

Anda ocupado siendo feliz. Y lo peor es que se empeña en contagiar a todo el circo, recibe el día con música y altavoces, a falta sólo de gritar que vengan todos, a existir aquí y ahora con los sentidos dispuestos. Debo asumirlo, mi dire tiene una amante. Ya nadie hará de supervisor a conciencia de errores en los ensayos. Prefiere cantar a su amante. La halló tal vez un día, en un mensaje en un sobre de azucarillo, o en una nana que le arrullase al nacer.

De ahí le viene esa fiebre de gratitud con que nos hace mirarnos unos a otros y apreciarnos tontamente, y no hay que oírle cantar para saber que escucha música en su cabeza y que chapotea charcos invisibles aunque disimula, fingiendo caminar, mientras nos va deseando grandes sueños, y abundantes  dosis de dulzura diaria.

No va ser algo pasajero.

Es increíble cuánto la ama. Cada día cepilla con seda sus largas crines de yegua y le delatan luego los dedos, que espolvorean  brillos  aunque aquí nadie se alarme, pues se  trabaja en un circo.

Los hombres como él no creen en el silencio , como no asume la muerte quien una vez oyese  la vida, o música en sobres de azucarillo.  Serán las crines de su guitarra de yegua. Será que mi dire tiene una amante. 

 

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