martes, 23 de octubre de 2012

Luz 24

Luz encumbra la voz en quiebre de cabras y costumbres. Macabras las cobras le timbran el mimbre de miembros que cubren de brea el gritar. Luz es voz y es grito y silencio.

Eco.

El Eco solo.

Quebrado, cae.

Luz Caballero se arranca los brazos como briznas de hierba. Vocea. Pero el eco le escupe resquicios aullados, inaudibles, soplos. La cabra serpentea un himno de bruces y arroja al barranco su ronquido que cruje.

El eco se desparrama cristal. Y Luz entiende dedos en punta que ha de salir de la piedra entre vidrio y clavo, paso a paso, insegura, sin una mano que sostenga el paso mordido, envenenado y mortal. Yace varias muertes, Luz Caballero, picoteada de buitres que le desmiembran la cara y desprenden del cuello la postrera gota. Vive y pudre, Luz Caballero mientras su pie sigue trepando, y su mano agarra, y su sangre se reúne imantada en torno a su eje. Es poderoso el recuerdo de un eco. Luz Caballero no sabe agotarse. Ha sido eco y eso le basta. Renace, de su mordida nocturna, del golpe viperino y del exilo ruidoso. Vuelve Luz Caballero a la cumbre. Expande su voz. El alba.

Luz Caballero es libélula y charca. Disputa a las moscas un trozo de pez, un ojo, alguna escama.

No sabe por qué todo el mundo le cambia el nombre por el de una luciérnaga.

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