lunes, 1 de octubre de 2012

Luz 23

Cabalga por la orilla de sus ojos cuando parpadea ociosa entre las cuatros vigilias de sus cuatro sueños de turno. Las pestañas se le enredan en abrazo y filamento, hilo arriba, hilo abajo, compás de palmas y dedos, vueltos látigo o caricia, entrelazado en tenedor que horada el aire y pincha los nudos. Y cuesta un esfuerzo abrir de nuevo y mirar los ojos, más allá del destejido hilvanar de mundos que se aparecen de pronto ahí como si no se hubiesen movido antes. Medusas blancas de larga cabellera. Luz Caballero petrifica el reflejo y los espejos se alejan, jinetes, a cada respiración de lo oscuro. Más parpadea, Luz Caballero, cuanto más lo piensa. Le entran ganas y pestañea en un aplauso de aleta, hasta deshojarse los párpados en la madeja maraña. Decide por un segundo dormir por siempre y nunca jamases. Más nunca jamases se torna niebla, y estornuda Luz Caballero las noches de una eternidad de instante. Un segundo de montaña y de enredo. Y a través de sus rejas de pelo forjado, follaje triste persistente de las últimas pestañas que se aferran, vislumbra Luz Caballero un rayo núcleo y descansa. Por fin, el día.



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