lunes, 24 de septiembre de 2012

Luz 22




Luz Caballero escribe listas de palabras favoritas y las revuelve en perejil y tortilla de tildes. Le salen tónicos palabrejos y sapos, sobreesdrújulos a quienes manda callar y rezar a los sabios sabelotodo de la sabiduría sabida del saber. Destina, Luz Caballero, un término para cada irrealidad que encuentra, la tiñe de día, de sol, de puerta y pomo, y hasta a veces se topa un vocablo y cruza adentro a cambiar su nombre. Luz Caballero se filtra etimológicamente cada poro, ahora las llaman brasas, del rescoldo braseado que fue es su biografía. En la hoguera le chisporrotea la lista y le explotan pequeñas sílabas desacertadas como humildes fuegos de artificio infantil. Pareciera Luz Caballero incapaz de un gran estruendo, una frase en sentencia dictaminando el verbo, y así, se le queda el rezo tartamudo, torpemente disparado a discreción.

Luz engendra párrafos inmunes al bombardeo inerte de la gramática. No es su culpa que no fuese a la escuela. Y sus maestros le enseñaran cosas que era mejor desaprender a borrones. Garabatea Luz Caballero y musita letanías en los toboganes calientes de su cavidad nasal o la garganta. Canta versos al absurdo, cuyas reglas comprende con una fluidez innata, se voltea el reverso y va en pos de ficciones, irreverente , untada en sombra y perejil. Piensa Luz Caballero entonces que cree y crea, pues en su fuero son uno, y no sabe distinguirlos. Eso tampoco lo aprendió Luz Caballero en ninguna escuela.



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